PILAR GUDZECKS


“Pilar Gudzecks cayó de lo alto de una torre medieval. Murió al mediodía, mientras Italia le ganaba a Francia un partido de la fase de grupos del Mundial 78. “

Lo soñé la noche del 12 de diciembre de 2024. La frase formaba parte de un párrafo de unas 6 líneas, en la parte superior de la hoja impar de un libro mediano que yo mismo había escrito. Como todo sueño que se precie, estaba hecho de imprecisiones: la frase es mucho más escueta que la extensión del párrafo, es imposible pronunciar el apellido de la muerta y no existían torres medievales en Buenos Aires en épocas del Mundial 78.  Lo que no es impreciso es que ese sueño y esa frase destrabaron un proyecto que me costó mucho arrancar, y es escribir un libro con las memorias de mi familia.

Lo que sigue, “La Señora Carmela se cayó de un Fiat 1100”, es uno de tantos escritos sueltos, escritos que no responden a un orden cronológico, que no son la transcripción de una imaginación ficcional ni la crónica de mi historia familiar. Son apenas un puzle caprichoso que pretende reflejar en el papel una historia incompleta llenando los huecos de lo concreto, lo documentado y lo vivido con mi propia interpretación de esos hechos, con lo que deseo o con lo que imagino, o las dos cosas.


La Señora Carmela se cayó de un Fiat 1100

La Señora Carmela se cayó del Fiat 1100. Fue un camino de tierra llegando a Mar de Ajó. La Señora Carmela era alta, muy gruesa, robusta a la manera de esas señoras alemanas de cara grande y rosada. Llevaba siempre un peinado de peluquería que la hacía oler a spray fijador y la hacía parecer todavía más alta de lo que era.  Apenas cabía en el asiento del Fiat.

Su marido, Don Peppino, era un hombre amable y dulce con aspecto de duende. Un carpintero que como casi todos los carpinteros de aquella época tenía la mano derecha incompleta. Un corte neto e inapelable de la sierra circular le había llevado la primera falange del dedo mayor, la primera y segunda del anular y casi todo el meñique. Un primero de enero agobiante de calor y humedad, llegando a Mar de Ajó, Don Peppino pasaba el cambio de tercera a segunda en la palanca al volante del Fiat con su mano diezmada. Había bajado la velocidad, pero no puedo evitar que el coche se incline incómodo en la huella y la puerta se abra (en algunos autos de la década del 60 las puertas delanteras se abrían al revés, es decir hacia atrás, con las bisagras en el parante del centro del coche). Al salir de la curva, la Señora Carmela salió despedida como un escupitajo, rodó sobre el polvo, dio dos vueltas completas sobre sí misma y quedó tendida de espaldas, la boca abierta en una O gigante y el peinado ampuloso revuelto y lleno de un polvo dorado y finito.

La señora Carmela no se murió en el accidente. En la sala de auxilios de Mar de Ajó le dijeron que los moretones se le iban a ir en unos días y le recetaron un Geniol cada ocho horas. Después de dejar a La Señora Carmela en el hotel, Don Peppino pasó por la ferretería, compró cuatro pasadores metálicos de los que se usan en las puertas de las casas y se los puso a cada una de las puertas del Fiat.

La tarde que la Señora Carmela se cayó del Fiat celeste, un sol impiadoso calentaba la tierra polvorienta, y una vaca miraba con la cara que miran las vacas desde atrás de un alambrado, su hija Rosalba bajó del asiento de atrás  y se acercó a la mamá en cámara lenta. Tenía una cara como de ratoncito, la mandíbula retraída, era diminuta, muy blanca y de ojos negros enormes.

Don Peppino era igual a Gepetto, el papá de Pinocho. Formaban con la señora Carmela uno de esos matrimonios que, por desparejos, resultan encantadores. Bajo, canoso, apenas alcanzaba a los hombros de su mujer, al contrario que ella era discreto y de voz delicada, no andaba por la casa y por la vida generando torbellinos sino todo lo contrario. Como un gnomo, se desplazaba casi flotando. Su oficio de carpintero-ebanista lo hacía paciente y silencioso.

Don Peppino era lombardo y la señora Carmela piamontesa, formaban parte de la camada de amigos de mis padres de la primera parte de sus vidas en la Argentina. Su casa estaba en la planta alta de la carpintería a la que se subía por una escalara de mármol negro sin rellano. Las reuniones eran en la mesa grande de un comedor o antecocina, un ambiente escaso  para la cantidad de gente reunida, siempre más de diez o doce personas, entre chicos y grandes. A pocos centímetros de la cabecera de la mesa, que inevitablemente ocupaba Don Peppino, una puerta acristalada esmerilada, de marcos de madera oscura, separaba ese ámbito de un living misterioso que no se usaba nunca y al cual los niños nos metíamos subrepticiamente cuando podíamos. En ese living de luces siempre apagadas los sillones estaban enfundados de telas claras, la mesa ratona era un escenario desbordado de payasos de cristal de Murano, y diminutos animalitos multicolores. En un rincón un bombo legüero enorme sostenía una lámpara y de una de las paredes colgaba una cabeza de ciervo perturbadora.

Rosalba, la nena que el día que la Señora Carmela se cayó del Fiat se acercó a su madre con cara de un susto ancestral, no era hija biológica del matrimonio. En aquellos años, las familias que tenían un hijo o una hija adoptivos, eran una anomalía, un hecho disruptivo que generaba tensión, polémicas y algún tipo de rechazo o incomprensión. Cualquiera de estos sentimientos se percibían velados, silenciosos. Lo que diferenciaba al carpintero y a su familia es que Rosalba sabía que era adoptada, contradecía esa verdad a la tendencia generalizada de ocultar a los niños su verdadero origen. La historia de Rosalba es anterior a los años oscuros de la dictadura y el robo de bebés. De cualquier manera, la mayoría de las adopciones eran ilegales y en un contexto perverso: Las familias de clase media o alta urbana que no podían tener hijos biológicos recurrían a sistemas oscuros, los bebés aparecían en forma abrupta en las casas y a partir de ahí una familia se auto estigmatizaba, y era estigmatizada, en consecuencia, la felicidad por la llegada de un hijo ampliamente deseado convivía con el miedo y la angustia de la mentira. En ese contexto, ocultar el origen a los chicos y al entorno era necesario, lo vivián como una manera de protegerse y de conjurar el terror de que algún día alguien venga a reclamar lo suyo. Por eso la anomalía de la verdad, de Rosalba sabiendo que no era hija biológica, era un tema recurrente, y los chicos que frecuentábamos a esa familia no éramos ajenos a esa anomalía.

Continuará….

 



 Fabio Faes, febrero de 2025

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